Mientras la Inercia permanece aferrada a sus argumentos rutinarios, Mikel continúa aportando datos que refuerzan de manera cada vez más sólida y sugerente la teoría de una vasquización tardía de la Vasconia occidental. (La «Inercia»: denominación que utilizo para referirme al conjunto de planteamientos historiográficos que, pese a las nuevas evidencias y revisiones metodológicas, continúan reproduciendo esquemas explicativos heredados, sin apenas matices ni actualización crítica.)

Recientemente ha visto la luz un nuevo trabajo de nuestro autor, titulado Anthroponyms “nested” in toponyms: Some Early Medieval Basque anthrotoponyms as a case in point (Onomastica Uralica 19). Reproduzco la introducción traducida:
La investigación onomástica resulta esencial para el estudio de las múltiples dimensiones de una lengua, sean lingüísticas o extralingüísticas. Abarca elementos que pueden vincularse, de manera simultánea o independiente, con su historia interna y externa, su sociología, la historia de sus hablantes y sus movimientos poblacionales, entre otros aspectos. Además, en contextos donde la información sobre una lengua es escasa o inexistente, la onomástica puede ser la única fuente disponible para el investigador durante una o varias fases. Como veremos, esta limitación es crucial en la historia del euskera. El propósito de este artículo es exponer un caso en el que la investigación de las huellas dejadas por los antropónimos en diversas fuentes puede ayudarnos a esclarecer la historia externa del euskera durante una fase para la que, de otro modo, carecemos de información. De hecho, ha existido una larga controversia sobre si el euskera penetró, durante los siglos oscuros (ca. 300-900), desde Navarra hasta la Llanada alavesa, y de allí a Bizkaia, al norte, y a Burgos, al oeste y a la Rioja, al sur. Creo que un argumento de peso a favor de esta propuesta puede sustentarse en la investigación antroponímica pues permite esbozar la proyección de los nombres personales más frecuentes del grupo poblacional que se expandió desde la Llanda alavesa en diversas direcciones, e incluso trazar un primer mapa de los circuitos antroponímicos entre los siglos VI y XI. Estos nuevos datos constituyen solo una parte de una investigación más amplia que estoy llevando a cabo sobre la historia completa del euskera —desde el vasconio‑aquitano de los siglos I‑III d. C. hasta el vasco medieval— en una línea similar.

El origen de estos nombres se ajusta al marco metodológico que expone Mikel en el apartado central del artículo.
Prehipótesis 1: El aquitano-vascónico sobrevivió al proceso de latinización en Aquitania, no en Navarra. Cuando este aquitano, ancestro directo del vasco histórico, entró en la cuenca de Pamplona (Navarra), probablemente alrededor del siglo IV, se asoció con un tronco antroponímico específico, traído por los aquitanos y que se renovaría constantemente durante los siglos oscuros.
Prehipótesis 2. Una vez que el euskera penetró en la Llanada alavesa, probablemente en el siglo VI, este tronco antroponímico se enriqueció con varios antropónimos nuevos: algunos latinos, otros paleohispánicos de origen oscuro, algunos visigodos, además apelativos comunes vascos que, por onomatización, se convirtieron en antropónimos.
Hipótesis principal. Dentro de este último grupo, hubo un subgrupo de calificativos con el sufijo -ti, que indica propensión en euskera histórico, a menudo con matiz negativo, como en lo-ti ‘dormilón’, lotsa-ti ‘tímido, vergonzoso’, gezur-ti ‘mentiroso’, etc. Estos nombres personales tuvieron una vida efímera, surgieron en la Llanada alavesa entre los siglos VI y VIII, se extendieron a Bizkaia, Burgos y la Rioja, pero desaparecieron para el siglo XII. Lo relevante es que algunos sobrevivieron hasta la aparición de las fuentes diplomáticas y quedaron atestiguados en ellas (al margen de su presencia en topónimos deantroponímicos), mientras que otros solo pueden deducirse por su aparición «anidada» en este tipo de topónimos.
El autor ha examinado los nueve topónimos recogidos en la tabla, todos ellos vinculados a este mismo origen, apelativo + sufijo -ti: 1. Jaunti (Jaundi, Jonti, Jondi), 2. Larriti (Ralliti), 3. *Areti (Aretio), 4. *Oreti (Oretia), 5. *Neketi (Leketio), 6. *Neguti (Leguntia), 7. *Momoti, 8. *Gomizti, 9. Belati. De todos ellos, el más prolífico fue Jaunti, cuya expansión, además de abarcar Álava y Vizcaya, avanzó hacia el oeste y el sur por Burgos y la Rioja. De ahí la pertinencia del corónimo «Bardulias» en el título de esta entrada, un territorio conocido posteriormente como Castella Vetula (Bardulies quae nunc Castella vocatur, Crónica del Alfonso III, cf. Georges Martin, Javier Iglesia, Bernardo Estornés, Celtiberia.net, Wikipeda, etc).

Ignoro qué pensarán los lectores adscritos a la Inercia, pero, desde mi perspectiva, esta aportación —que exige una lectura atenta del texto original— resulta sumamente enriquecedora para comprender el tránsito lingüístico entre la Antigüedad y la Edad Media, ese periodo tradicionalmente considerado “oscuro”.
Una respuesta a «Los Jaunti a la conquista de las Bardulias»
Casa-torre de Gorritiz (antes Luno, hoy Forua, torre Perejil/Peristegi). Gorriti pueblo de Navarra y personaje humorístico. Gorriz pueblo de Navarra. ¿Era pelirrojo el creador de la estirpe? Este Gorritiz creo que es el único sufijado -IZ con sabor a euskera de todo Bizkaia (al menos que nos haya llegado).
Mikel no entiendo muy bien la propuesta, ¿se puede derivar de lo que dices que localidades como Lekeitio, Areitio, Legutio/ano, Momoitio u Orexa (Oretia), provendrian de esos antropónimos en concreto y de esos siglos? Sería un buen paso en la estratigrafía de la toponimia vasca.