Contactos entre el vascuence y el romance castellano, siglos VIII-XI

Primera diapositiva de la charla ‘Contactos entre vascuence y romance castellano’, II Jornadas de Historia de Oña. Orígenes del castellano. Patrimonio lingüístico, 13 de julio de 2019.
[diapositivas]

Oña ofrece el marco perfecto para reflexionar acerca de una cuestión de historia lingüística de extraordinaria relevancia. Este enclave forma parte de un área de contacto secular de lenguas en la intersección de las actuales provincias de Álava, Burgos, Cantabria y Vizcaya. Se trata de un territorio que fue escenario en los siglos VIII-XI de la formación del castellano –en su evolución local a partir de un latín vernáculo– y simultáneamente del surgimiento y etapas iniciales de los dialectos vascos. Para muchos estudiosos, el contacto vascorromántico explica algunas de las principales singularidades tanto del castellano, dentro de lo que se ha venido en llamar ‘continuo dialectal norteño’, como de los dialectos vascos, más particularmente de la variante occidental de euskera, también conocida como euskera vizcaíno.

Tras su fundación en 1011 por el conde castellano Sancho García, el monasterio de San Salvador de Oña pasó con el rey Sancho Garcés III de Pamplona a depender de la orden de Cluny. En su colección diplomática se han hallado convincentes pruebas de trasvase gramatical latino-románico al vascuence. La escrituralidad practicada por monjes que como el abad Íñigo asiduamente se desplazaban de una sede a otra dentro de la red de centros monásticos controlada por la corona de Pamplona (San Juan de la Peña, San Salvador de Leyre, Santa María de Nájera, o San Salvador de Oña) son la causa probable de contagios culturales y lingüísticos como el mencionado.

En la charla vamos a repasar por un lado los rasgos característicos del castellano que la bibliografía especializada ha atribuido al contacto con la lengua vasca. Por otro, se va a explorar la situación sociolingüística en la que se enmarca el surgimiento de los dialectos vascos actuales, que son determinantes para entender los ciclos de divergencia y nivelación en sus etapas iniciales. Pese a la escasez de documentación antigua, a partir de los primeros testimonios de los cartularios medievales, así como de los datos que ofrece la toponimia, es posible plantear una serie de hipótesis acerca de la situación de contacto lingüístico altomedieval y el modo en el que las dos lenguas se influyeron mutuamente.

Los siglos VIII-X fueron escenario de la aparición de dos núcleos de poder que necesariamente jugaron un papel relevante en la situación de contacto lingüístico que queremos explorar. Son los centros condales de Lantarón y Álava y sus prolongaciones religiosas en sendas sedes episcopales, la de Valpuesta (creada a mediados del siglo VIII) y la de Armentia (de mediados del siglo IX). El pulso de poder y la disputa territorial entre estos dos núcleos emergentes debió de influir en mayor o menor medida en la distribución y asentamiento de las poblaciones campesinas. Los testimonios onomásticos más tempranos, recogidos en los cartularios monásticos, aportan significativas evidencias con las que interpretar las adscripciones culturales y lingüísticas de la configuración de la red aldeana y de las fundaciones parroquiales, surgidas en gran medida por iniciativa de los poderes religiosos y políticos que acaban de mencionarse.

Es altamente reveladora el origen y datación de la variedad occidental de euskera, atribuida por la dialectología vasca a la fractura que el territorio de la Álava nuclear experimenta respecto a la cuenca de Pamplona, tras la invasión musulmana a comienzos del siglo VIII. Los testimonios toponímicos son la prueba palpable y segura de que esta divergencia se había afianzado firmemente para el siglo XI, y que además se había expandido por todo el occidente de Vasconia, llegando a traspasar el Ebro por el sur, hasta alcanzar los valles altos de los ríos Oja y Tirón. Esta expansión lingüística de una variedad de euskera recién fraguada marca sobre el territorio un contorno geográfico que no pasa desapercibido. La frontera lingüística entre la toponimia de origen vasco y romance es en líneas generales muy diáfana y reconocible. Refleja además propiedades que son atribuibles a esos estadios lingüísticos preliminares que constituyen el núcleo de nuestra exposición.

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