Koldo Larrañaga (1993)

(Borrador)

Se trata de un artículo clave para entender el alcance de la romanización en el País Vasco, que Koldo Larrañaga presentó en las «III Jornadas de Estudios Históricos Locales de Vasconia: el espacio urbano en la historia», organizadas por Eusko Ikaskuntza en 1993.

Citas escogidas (que reproduzco con leves simplificaciones):

El poderío político de Roma y su modelo colonial se sustentan en buena medida en la operatividad y eficacia de un tejido urbano que cumple las funciones de mediación jerárquica entre la metrópoli y los territorios de anexión, desempeñando las tareas de control y de exacción fiscal, que todo sistema colonial comporta. Es por eso que Roma, sobre todo en los tiempos de expansión y afirmación de su imperio colonial, promueve de forma consciente la constitución o consolidación de núcleos urbanos que puedan ser vistos y sentidos en cierta manera por la población autóctona como el reflejo de la grandeza de la Urbe lejana y como detentora de sus poderes de disuasión y/o coacción sobre los dí scolos o renuentes.

El elemento más perdurable y esencial de la administración romana en el marco provincial es la civitas, entendida ésta en su vieja acepción de unidad territorial en lo jurídico, económico y religioso, que se constituye por una aglomeración urbana y el ámbito territorial de su pertenencia.

Cabe distinguir  tres zonas bastante bien diferenciadas en cuanto a las evidencias o vestigios que arrojan en lo que hace al hecho urbano romano

  1. Hay una zona privilegiada en la porción cispirenaica del área: la de la banda meridional al sur de Pamplona, que forman los valles abiertos del Ebro y de sus afluentes principales. Dentro de esa banda la porción que registra una mayor densidad del hecho urbano romano se extiende en la línea del Ebro y del curso bajo de sus afluentes Arga y Aragón: Cascantum, Graccurris, Calagurris Nassica, Cara, Los Bañales (Uncastillo), Andelos, Vareia, Tritium…, y, algo más al norte, en el umbral mismo del saltus vascón, Pompaelo. Se trata de una zona que conoce ya en la fase prerromana una cierta experiencia urbanizadora por influencia indoeuropea y celtibérica, y en ella la obra del colonizador romano se significará, ante todo, por favorecer y forzar aun el proceso de concentración de la población dispersa, pero activando, por otro lado, la transformación de la primitiva aglomeración indígena, basada en el parentesco o en la solidaridad étnica, en otra de nuevo cuño, que se inspira en el synoikismos mediterráneo, y arranca del reconocimiento de unos derechos y de una propiedad individuales. Como expresión de esta voluntad transformadora, se documenta en la zona un número relativamente significativo de poblaciones que con el paso de los años acceden al estatuto municipal.
  2. En la vertiente novempopulana resulta privilegiada la plana que se extiende en amplios valles y terrazas a lo largo del Garona y del Adour y de sus afluentes principales — Save, Gers, Baise, etc.—. Ese urbanismo revierte, para ampliarlo y/o transformarlo, sobre el de los primitivos asentamientos del tiempo de la independencia aquitana. Algunas de esas capitales más activas — las de los Convenae, Ausci o Lactorates, por ejemplo— verán durante la pax [romana] desarrollarse a los pies de la primitiva acrópolis nuevos ensanches que se extienden en el llano. Hay también fundaciones en nuevos emplazamientos —las de Elusa, Aquis Tarbellicis, Tarba, probablemente Beneharnum—, erigidas también en el llano y que obedecen a los nuevos criterios urbanísticos y de ordenamiento sociopolítico, que preconiza la administración. En estos núcleos urbanos (que en el mejor de los casos —Lugdunum Convenarum— no llegan a reunir más de 7.000 a 10.000 moradores, y que en otros casos —los de Elimberris y Lactora— podrían tal vez congregar de unos 5.000 a 10.000141) representan el esfuerzo del colonizador por fijar y encuadrar administrativamente a las primitivas formaciones indígenas de base étnica, ofreciéndoles las ventajas del “modo de vida romano“. Estas aglomeraciones novempopulanas verán desplegarse edificios públicos más o menos suntuosos (foros, templos, basí licas, plazas porticadas, complejos termales y hasta teatros y circos en algún caso) que nos es dado observar en otros escenarios imperiales. Las fuentes epigráficas y literarias permiten documentar parecidas evidencias del avance municipalizador, que las que nos eran dadas contemplar en el área cispirenaica: Lugdunum Convenarum y Elusa, colonias romanas; Ausci y Convenae, de derecho latino desde los más tempranos dí as altoimperiales; Aquis Tarbellicis, Iluro, Lactora y los Consoranni, documentando la presencia de magistrados duunvirales u otras instancias administrativas caracterí sticas de los municipios latinos o romanos. Y a través de las fuentes epigráficas cabe aún hallar las trazas de un embrión de administración local en los cantones o pagi, que vemos gobernados por magistri como el de la inscripción de Hasparren.
  3. Cabeceras y altos valles de los grandes sistemas fluviales a una y otra vertiente de la cadena pirenaica, la de los valles que se encajonan a lo largo de los afluentes menos importantes y la de los valles que vierten al Cantábrico— en que resulta más bien decepcionante, al término de la etapa colonial romana, el balance del proceso urbanizador. No es sólo que el solar vascón —así  como el de várdulos, caristios y autrigones— sea pobre en asentamientos urbanos al norte de una lí nea que podría pasar por Pompaelo en el primer caso, y por la divisoria de aguas cantábrico-mediterránea para los otros, como dan a entender las nóminas de poblaciones que se documentan en los autores clásicos; es que los mismos ensayos urbanizadores que protagoniza Roma en la zona se ven condenados al fracaso, según parecen dar a entender las investigaciones arqueológicas. Es el caso de Iturissa, Morogi, Menosca o Vesperies, sólo conocidos por una o dos menciones literarias; de Oeasson, Imus Pyrenaeus o Flaviobriga, que, tras un período de cierto florecimiento —en relación con empresas de explotaciones mineras—, parecen abocados inexorablemente, a una oscura historia de empobrecimiento progresivo y de retorno a lo ancestral indígena. Ni parece ser muy distinto el caso de Lapurdum que, si ha arrojado evidencias de importantes estructuras constructivas de carácter militar y ha sido objeto de diversas menciones literarias, parece condenada a no ser por mucho tiempo sino “un fuerte destinado a contener a los Vascones”, sin auténtica proyección urbana y urbanizadora. No es que falten en el área significativos vestigios de poblamiento o de presencia romanos; pero ni por su densidad, ni por su entidad relativa —salvo quizá los del litoral caristio en torno a la ría de Guernica, en que se documenta además un significativo topónimo: Forua — permitan avanzar la hipótesis de un desarrollo urbano equiparable al nada boyante de los mencionados Oeasson o Flaviobriga.

Koldo Larrañaga (1993). El hecho urbano antiguo en Euskal Herria y en su entorno CircunpirenaicoIII Jornadas de Estudios Históricos Locales de Vasconia: el espacio urbano en la historia. Cuadernos de Sección. Historia-Geografía Eusko Ikaskuntza21, pp. 11-42. [Transcripción]

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